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11 jun 2019

Tú, Yo y Ella



Tú y yo, amigos en el barrio desde niños,
las clases diarias en el colegio y en el Instituto;
y en el barrio nuestros juegos de adolescencia:
chicos y chicas juntos pero no revueltos,
hasta que una joven vecina apareció un buen día.

Eras un amigo con cual dividía el cielo
a contar las auroras, más oscuras de los gestos,
había una estrella en el pecho que latía
para no interrumpir el destino del corazón,
éramos tú y yo inseparables e inconquistables.

Todos queríamos ser sus amigos,
y tú y yo nos propusimos conquistarla,
uniendo nuestras fuerzas y nuestros cariños,
pero sin pensar que quizás de pronto
los dos caeríamos en las redes del amor.

Ella era linda como una Madonna,
fue para nosotros un reto, un fascinante reto,
no nos dimos cuenta que caíamos en sus redes
y nos anulaba nuestra voluntad, y en cierto
modo también nuestra amistad.

Todo era un constante querer estar a su lado,
inventando motivos, situaciones y afectos,
tratando de ganar su ansiada confianza,
frente a las muchas artimañas que el otro
empleaba siempre en contra del adversario.

Ya no teníamos nuestras tertulias ni juntos se nos veía
cada uno con sus artes a ella seguía buscando,
nuestra amistad poco a poco se estaba acabando
fuimos el hazmerreír de toda la clase, nadie decía nada
pero a escondidas sí se murmuraba.

Cada uno era feliz con ella a solas
y sufría en silencio si era a tres bandas;
por lo que cada uno luchaba con sus armas,
incluso queriendo ir más allá de las caricias y besos,
con tal de que el otro quedase solo y desarmado.

Sí, cada uno era feliz; ¡Eso hacíamos creer a todos!
la verdad sólo la sabíamos nosotros dos;
se intentó todo; ella nos camelaba y nos creímos
ser dueños de su amor sin ver a donde habíamos
llegado en esa infructuosa conquista.

Y un buen día, ambos cara a cara,
nos vimos obligados a afrontar con decisión
el futuro que a su lado nos esperaba;
fueras tú o fuera yo ante ella el agraciado,
o quizás mejor nunca haberla conocido.

Ese buen día razonamos, fuimos capaces
de distinguir lo que era amor, amistad o insensatez;
al final ¿Qué se obtuvo? ¡Nada!; nada más que sinsabores,
por mucho que luchamos ni un roce conseguimos,
ella a ninguno de los dos dejó al huerto llevarla.

Pero de lección sí nos ha servido;
nunca más otra chica hemos disputado,
y de nuestra amistad seguimos disfrutando;
recordando de vez en cuando aquel desatino
como una señal que pudo marcarnos el destino.

Bien cierto, y ella bien contenta disfrutando,
con el profesor de literatura se han juntado,
mientras nosotros amigos seguiremos siendo;
aunque si la viésemos pasar a nuestro lado,
tal vez una mirada de soslayo sería lo apropiado.

© J. Javier Terán & Greg D.